La cofradía riosecana del Santo Cristo de la Paz y de los Afligidos nace en 1952 de la iniciativa de un grupo de devotos al Cristo de la Paz, aunque se constata la existencia de la cofradía ya en 1728. Custodia y procesiona dos conjuntos artísticos de relevancia, tanto por la antigüedad como por la singularidad escultórica. El titular de la cofradía es el Santo Cristo de la Paz, una imagen de grandes proporciones y precisa anatomía. El segundo, el Santo Cristo de los Afligidos, incorporado al desfile procesional del Viernes Santo en 1969 desde la parroquia de Santa María al venerarse durante el año en la iglesia de los Padres Claretianos, está compuesto por la imagen de Cristo crucificado acompañado en el calvario por María y San Juan.
El paso del tiempo, el propio uso y movimiento de las tallas durante la procesión así como otros factores climáticos y accidentales ha obligado a los hermanos, en los últimos años, a tomar la firme decisión de iniciar diferentes procesos de restauración integral de todos los bienes patrimoniales y a tener que renunciar a determinados comportamientos y arraigadas tradiciones, durante la procesión de la Sagrada Pasión del Redentor, para garantizar la perpetuidad temporal.
SANTO CRISTO DE LOS AFLIGIDOS
A los pies de la Iglesia de San Pedro Mártir se localiza el Santo Cristo de los Afligidos acompañado por María y San Juan, en un retablo de madera de gran sencillez. La talla de Cristo fue realizada en el Siglo XVI siguiendo la tipología castellana de la época. Destaca por tener las dimensiones en altura de doscientos centímetros y en anchura ciento noventa y cinco centímetros. La madera empleada es de cerezo policromado en las carnaciones y dorado en el paño de pureza. La cruz, que soporta a Cristo, es de nogal con rasgos posteriores a la ejecución de la pieza lo que hace suponer que la primitiva fue reemplazada por la actual. Completan el conjunto dos imágenes de bulto policromadas y de altura natural, adquiridas a principios del siglo veinte.
Durante el proceso de restauración, en 1995, por Ana de Toro y Alberto Ramos se han descubierto aspectos significativos seguidos en el proceso de ejecución de la talla y que en la memoria de restauración se detallan minuciosamente, lo que ha permitido profundizar en el conocimiento de la escultura. El artista dio naturaleza a una cabeza ensamblando tres piezas de madera a diferencia del tronco y las piernas en una sola, junto con los brazos. El lado derecho de la cabeza presenta falta de volumen en la zona próxima a la oreja, disimulado y policromado en un anterior proceso de restauración acometido a finales del siglo XVIII. Dicha particularidad se podría interpretar como un acto voluntario del artista.
El tronco presentaba los agrietamientos propios de la reacción de la madera por el paso del tiempo y por los diferentes cambios de temperatura subsanados ya durante el génesis de talla como en posteriores intervenciones. Las perdidas de pigmentación, en esta zona, son escasas siendo más acusadas en la parte trasera. Si es destacable el deterioro que sufrió durante el incendio que se originó en la iglesia en la que se da culto, el dieciocho de junio de mil novecientos setenta y ocho, al perder de forma brusca la madera la humedad natural. También el uso procesional incrementa, cada año, el riesgo de aparición de desperfectos.
En la mano derecha, los restauradores aconsejaron la reposición de los dedos índice y corazón al ser una imagen destinada a uso procesional. Los brazos, debido al peso y al movimiento, han tenido que ser de nuevo ensamblados siguiendo el criterio original de espigones de madera ensamblados a la caja y sujetados con toretes que atraviesan el torso a la altura de los hombros. Las cajas han sido reforzadas con resina de poliéster, tela de lino y fibra de vidrio unidas con un cable de acero para que absorba las vibraciones durante el movimiento que se genera la ser trasladado a hombros por los hermanos de la cofradía. En esta zona también hay evidencias de anteriores reparaciones.
La policromía original, fijada sobre base de estuco, está perdida en su mayor parte por lo que no ha sido posible descubrirla. Ello obligó a consolidar el repintado al óleo del siglo XVIII por ser de buena calidad y reflejar la lividez de la muerte y las marcas de latigazos en el cuerpo. Si ha sido posible eliminar la tonalidad azulada del paño de pureza para rescatar el estofado sobre pan de oro con tonos crudos y bordes en oro sin estofar. El mismo criterio se ha seguido en la corona de espinas, al eliminar la pintura en tonos tierra y devolver el color verdoso, conviviendo en la propia talla policromías de los siglos XVI y XVIII.
El tablero, de sencillas proporciones, en el que destacaba un zócalo piramidal rematado en cordón se debió al trabajo del riosecano Julio Caramanzana, también ha tenido que ser sustituido por otro más consistente, de mayores dimensiones y esbeltez para dar mayor realce al paso procesional es obra de los Hermanos Albert.
SANTO CRISTO DE LA PAZ
Al amanecer del Miércoles Santo de 1952 el Santo Cristo de la Paz sale por primera vez en procesión desde la Iglesia de Santa Cruz como imagen titular de la recién creada cofradía de la devoción popular. Un cristo de grandes proporciones, nacido para ser contemplado en el retablo barroco de una de las capillas laterales del templo renacentista, dio a las procesiones de la Ciudad de los Almirantes mayor realce. Esta condición ha ocasionado, con el paso de los años, sucesivas modificaciones en la cruz para poder entrar y salir por las diferentes puertas y así evitar innecesarios desmontes del conjunto. Las variaciones de días y horarios en los desfiles procesionales, los diferentes episodios de ruina y posterior rehabilitación de la Iglesia de Santa Cruz, el emplazamiento accidental en el desamortizado Convento de San Francisco, el traslado a las parroquias de Santiago y Santa María durante la Semana Santa hasta su recién ubicación en el Museo de Semana Santa en Santa Cruz, motivaban la degradación de tan singular imagen.
El paso se compone únicamente de la imagen de Cristo clavado en la cruz, realizada en el siglo XVII y atribuida a Antonio Martínez. En 1999 la cofradía encarga a María Paternina su restauración para frenar el deterioro que venía sufriendo. Con el apoyo de la Junta de Castilla y León y de Caja España los trabajos de restauración se acometieron en la propia localidad. Las primeras valoraciones indicaron que no habían existido intervenciones anteriores. La talla de madera policromada, en la que es de destacar la perfección anatómica, mide dos metros catorce centímetros de altura y de mano a mano un metro ochenta y tres centímetros, presentaba problemas de anclaje del cristo a la cruz, lo que hacía vascular todo el peso hacia el costado derecho.
Las piezas que la dan forma estaban agrietadas por las uniones debido a los cambios de temperatura, a la humedad y al propio basculamiento hacia la derecha. Los hombros también han sufrido debilitamiento por el movimiento y el volumen. Inicialmente se procedió al limpiado general de la talla y a la eliminación de la goma laca, aceite y cola animal. Con posterioridad se retiraron los repintes en manos y dedos para ir descubriendo la riqueza de colorido y de matices hasta restablecer la riqueza visual primitiva. Las grietas fueron de nuevo encoladas y cerradas con resina de madera. En la corona de espinas se reintegraron las espinas desaparecidas. Encolado de espigas y dedos, reintegración del color en las ausencias de estricta necesidad, al ser una imagen de culto popular, con estuco y capa de protección para aislar la pintura original a base de acuarelas para finalizar con la aplicación de una capa de protección final con resina acrílica.
. La grieta que discurre dede del cuello al paño de pureza ya había sido tratada, e incluso la reposición en alguno de los dedos al apreciarse diferencias en la forma de tallar. El análisis realizado evidencia que la talla no ha sido creada para posesionar porque la policromía de la espalda es de menor grosor y algo descuidada que el resto del cuerpo. El paño de pureza en el reverso está sin policromar.
En cuanto a las carnaciones al óleo presentaban oscurecimeinto por la oxidación del barniz y de otros productos protectores aplicados a lo largo de los años. La imagen, de pino, esta preparada a base de la sucesión de una capa de yeso basto, otra de yeso tamizado con aglutinantes de cola animal, capa de arcilla al temple de cola animal, carnación al óleo con pulimento a excepción del paño de pureza que se encuentra dorado y estofado al temple de huevo. Al óleo las carnaciones y sangre y temple en estofado del paño de pureza con alternancia de colores blancos, negros, azules y rojos.
La cruz al presentar agrietamiento y torsión ha tenido que ser sustituida por otra similar, de madera de cedro americano, por los Hermanos Albert, al no ser la cruz original (seguramente de mediados del siglo XIX). Sí se ha respetado el túmulo de piedras talladas en madera que remata los pies al tablero y que sirve como zona de anclaje. Antes de la restauración en esta zona se emplazaba un peculiar mecanismo de usillo manipulado desde la parte inferior del tablero, el cual servía para bajar varios centímetros la cruz y poder entrar y salir por la puerta de las iglesias para, seguidamente, volver a subir la cruz y dar mayor realce a la imagen evitando el desmonte.
La cartela original debió de ser de estilo barroco y de mejor calidad que la conservada. El trabajo ha consistido en la limpieza, rellenado de huecos, estucado y repolicromado en su totalidad con temple. Las letras y bordeado de purpurina, se han sustituidos con dorado de pan de oro fino al mistión.
El tablero que la cofradía encargó al carpintero de Villanueva del Campo, Arsenio Legido en 1952, fue trasladado hasta Rioseco en el emblemático Tren Burra también ha tenido que ser remodelado y robustecido por los Hermanos Albert y por el pintor riosecano Roberto Martín al presentar ataques de xilófagos y astillados por el uso de las horquillas, completando el proceso de restauración.